Estirpe Thin

En el gélido paisaje muy por arriba del gran continente, vivía un hombre llamado Az-thin, temible y astuto guerrero, de muy aguzados sentidos, valiente y fornido. Peregrinaba por la península con un pequeño grupo de hombres nómadas como él. Huían del que fue su hogar tras caminar muchos kilómetros de distancia desde el norte.

Una misteriosa señal sobre sí mismos los apartaba de sus semejantes. El día de la concepción de Az-thin y sus compañeros, las estrellas se unieron en conjunción. Entonces descendieron las angelípiretas, mujeres altísimas de belleza sorprendente que parecían venir de las montañas más altas del mundo, viviendo entre estas y las nubes del cielo. Una de ellas había encontrado al padre de Az-thin cuando dormía a la intemperie y yació con él. Sus compañeras también localizaron a otros hombres que salieron con él de caza y descansaban en el campo. Los embriagaron y esa noche fornicaron con ellos, pero ellas desaparecieron al rayar el alba. Los hombres de esa partida de caza creyeron que lo habían soñado de un modo muy real. No así el padre de Az-thin. Él despertó en una cueva en mitad del bosque, sobre un lecho musgoso que cubría unas rocas planas. A su lado seguía aquella mujer.

El padre de Az-thin intentó comunicarse con ella, pero casi nunca le contestaba; desaparecía apenas se distraía o estaba amodorrado, y volvía a aparecer cuando menos lo esperaba. A veces pasaban semanas hasta que se volvían a encontrar. Ella nunca le reveló su nombre, ni a dónde iba cuando no estaba con él. Cuando estaba con ella procuraba aprovechar el tiempo juntos sin importunarla con preguntas, puesto que quedaba fascinado con solo mirarla. Sin embargo, en sus ausencias, el padre de Az-thin se empezó a impacientar.Vagaba por las sendas de los montes explorando los caminos cercanos sin dejar de buscarla. Tenía mucho que decirle. Deseaba hacerla su esposa y llevársela a casa, aunque cuando la encontraba no podía hacer nada de lo que pensaba que haría antes de verla. Tal era su embelesamiento por ella que decidió contarle a alguien lo que le pasaba. A alguno de aquellos hombres que conocía y habían tenido una experiencia con angelípiretas. Pero todos le decían que lo que pasó había sido un sueño extraño por la influencia de la luna y la conjunción de estrellas. Extraordinario, sí; los había trastornado, sumando la embriaguez y el haber pasado la noche helada al aire libre en el campo. Al notar su insistencia, empezaron a dudar de la cordura de él y le menospreciaban por vivir anhelando una ilusión. Creían que era presa de sueños recurrentes, algo insano, fruto de sus fantasías.

El padre de Az-thin se indignó, alejándose del resto de los hombres; solo esperaba el día en que volvería a ver a su Angelípireta para conciliar su propia calma. Pero desde que el deseo de desposarla se consolidó en su corazón, no volvió a ver a la joven. Después de cuatro meses y medio, creyó que era el momento de olvidarse de ella; volvió a relacionarse con la gente de su poblado y con otras mujeres. Todavía rechazaba casarse con quién fuera por motivo del recuerdo de la joven Angelípireta; sin embargo, pasando un tiempo acabó por ceder. Se casó. Pasó el tiempo y, un día, a su casa tocaron la puerta. Al abrir, encontraron un bebé metido en una canasta. Este despertó el instinto maternal de su esposa y quiso adoptarlo. Él alcanzó a ver en el bebé algo que le recordaba a su joven amante de ensueño y a notar una profunda ternura paternal por el niño, así que lo consintió.

No fueron los únicos que recibieron sendas canastas con bebés en su interior. También las parejas de los hombres que habían tenido el contacto con las Angelípiretas. Hubo hombres que no querían criar a aquellos niños -ya que ningún bebé era niña- como sus hijos legítimos, pero el resto contó a la gente del poblado lo que pasó ese día de la conjunción estelar hacía nueve meses con las Angelípiretas. El jefe y el vidente del poblado estuvieron de acuerdo con la opción de aceptar a esos niños como precursores de grandes hazañas y regalo del cielo, para así mejorar la raza cuando fuesen mayores y procreasen con sus hijas. Sin conciliar la totalidad de su predicción, a medida que los niños crecieron, todos se percataron de que sus características y demás cualidades eran superiores a las de otros niños. Una vez convertidos en muchachos eran codiciados por mujeres y envidiados por otros jóvenes y hombres mayores. Eran apuestos, de figura esbelta y noble porte; parecían incansables y carecían de temores y miedos. Además las fuerzas de la naturaleza les favorecían, no solían mojarse en la lluvia, el viento o el fuego menguaba contra ellos, nadaban en las aguas como peces,etc.

Al poco tiempo, los mancebos estuvieron en edad casadera, entre ellos se encontraba el hijo del hombre que había tenido más contactos con una Angelípireta, al que nombraron Az-thin. Entonces, algunos del poblado tuvieron altercados con aquellos descendientes de los más aptos físicamente y de las Angelípiretas, debido a peleas por infidelidades o enamoramientos que no correspondieron. tras esto, muchos bebés nacidos ese año murieron y la sequía ensombreció al poblado. El vidente supo y declaró que era culpa de un azote divino por no estar en paz con los mancebos nacidos de Angelípiretas. Desde entonces fueron tratados con mucha reverencia y admirados como héroes; pronto sus victorias contra los enemigos del pueblo, famosas por ser hazañas demoledoras, se cobraron notoriedad en otros pueblos. Muchos jefes de otros poblados querían ofrecerles riquezas y honores a estos héroes para que se les unieran, nombrándoles generales de sus ejércitos. El líder del poblado, temeroso de que hicieran tal cosa y acabaran siendo sus propios exterminadores, los juramentaba sin descanso, imponiéndoles obligaciones y ocupaciones para con el resto de sus convecinos. La mala suerte empezó a abatir a la gente del poblado en forma de derrotas y enfermedades. 

Entonces, se le apareció al padre de Az-thin la madre de su primogénito, la Angelípireta. Le dijo que debían dejar marchar a los héroes del pueblo porque su destino estaba ligado a tierras lejanas. Al partir, debían abandonar a las mujeres con la que convivían y a sus hijos; de otro modo, morirían los que no habían querido criarlos y con ellos perecerían sus familias. Al vidente también se le apareció en sueños; él se lo comunicó al superior del poblado, quien rogó a los héroes que se marcharan. El propio jefe tenía parientes en peligro de muerte, por ser, como otros del poblado, partidarios de la muerte de los bebés abandonados en canastas años atrás. No querían más desdichas, así que haciéndoles prometer que se apartarían de ellos para siempre, expulsaron a Az-thin y a sus compañeros. Marginados y señalados, estos jóvenes huían de los que conocían esa marca misteriosa que los identificaba. La noticia de que héroes de esas tierras, tanto Az-thin como los otros, eran portadores de infortunios corrió por los lares de otras tierras. Quienes los encontraban los enfrentaban o les impedían el paso por sus linderos. Estos excepcionales guerreros se convirtieron en arrogantes y crueles ladrones, amantes del pillaje; rebeldes forajidos que atacaban a los mercaderes, a viajeros y a pueblerinos. Se convirtieron en personas aborrecibles. Algunos hombres de otros lugares, tenidos por maleantes, se les unían. Muchos espantados de ellos pactaron alianzas para destruirlos y terminar con sus actos de vandalismo homicida. Fueron muriendo poco a poco, envenenados, asesinados, traicionados hasta que solamente quedó Az-thin. Él no se comportaba igual que lo demás, ni se congraciaba con los hechos de los otrora héroes, ni salía con ellos. Lo quisieron matar por temor a que una fatalidad aconteciera por culpa suya. Az-thin les prometió que no tomaría mujer de ninguno de los lugares donde estuviese y que haría pactos de sangre con los que quisieran la paz. De esa manera les garantizaba su bienestar. Como cumplió su palabra, nadie le molestaba. Era estimado por todas las personas que conocía. El precio que había pagado era vivir aislado en mitad de la tierra. Aunque los habitantes a su alrededor le tenían simpatía, no podían emparentar con él. Temían que casándose con una de las hijas de ellos gafaría a sus semejantes. Apartado de entre los hombres, pasaron los años. Antes de que cumpliera la treintena, una Angelípireta descendió de los montes nublados. Se unió a él y tuvieron mucha descendencia. No todos heredaron la virtud de la Angelípireta, características muy visibles, así que estos si tomaron mujeres de entre la gente. Sus hijas también se casaron con personas que conservaban pacto de sangre con Az-thin. Se convirtieron en personas poderosas y temidas que fueron al gran continente, donde se asentaron. Ellos eran los antepasados de todos nosotros. La dinastía que nos gobierna es la más pura de los que descienden de Az-thin, ninguno de los sucesores de esta casta carecía de un Thin, la virtud del padre que portaban, el llamado Az, que tanto atrajo a las angelípiretas; y el thin que ella depositó en su progenie y que les confería el dominio y el auge impulsado por las energías del universo.

Al arrojar esos polvos a la hoguera, estallaban pavesas de colores al entrar en contacto con el fuego. Tras los estruendos, Faurio agregó:

-Todos sabemos que esas Angelípiretas no pueden estar mucho tiempo entre los hombres porque envejecen con mucha rapidez y mueren. Por eso la gracia y el don que poseen por naturaleza se perdió cuando todas fallecieron. El resto de ellas acabaron viviendo con los vástagos de Az-thin y murieron con prontitud en su hierofanía. Eran demasiado delicadas para la tierra. Sin embargo, en la sangre que corre por nuestras venas se aprecia ese don. ¡Somos descendientes directos de Az-thin! Sobre todo, lo son más el linaje de la línea sucesoria de Raou. Siempre, siempre, en la sangre que portan se halla dicho don, que pasará de padres a hijos, no necesariamente el primogénito. Con Raou de líder, el universo está endeudado con nosotros y los que se nos opongan serán aplastados y destruidos. Somos muy afortunados, nunca lo olviden. -Así concluyó su narración.

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1 comentario

  1. Leyenda atlante incluida en el libro “Las crónicas de la dinastía atlante” por Joaquín Ortigas.

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